El nuevo orden

“No importa lo que es verdad. Sólo cuenta lo que la gente cree que es la verdad”.
Paul Watson, cofundador de Greenpeace.

 

Los enamorados invadieron la poesía como una epidemia. Desde los abismos hasta los vasos medio vacíos. Desde el polo norte hasta la Patagonia. Desde el primer rayo de luz del día en el campo hasta los avisos de neón en los centros nocturnos de la ciudad. Desde los gimnasios de zumba hasta las escuelas de yoga. Desde el poemario que nadie ha leído en la biblioteca nacional de Bielorrusia hasta el más triste poema anónimo plagiado por millares de personas en Internet, porque Internet llega a todo el mundo. Desde Twitter hasta Facebook, pasando por Instagram, Tumbrl y Snapchat, ¿acaso no los ves?, están por todas partes escribiendo versos insólitos, ¿acaso no los ves?, están abriendo cuentas alternas en sus redes sociales para tener lectores ficticios de sus letras enamoradas, algo así como amigos imaginarios, exacto, algo así como el club de la pelea. Los enamorados están por todas partes, están conquistando las esquinas, los centros comerciales, las cafeterías, los bares, los moteles y los McDonald’s, ¿acaso no los ves?, están en algún closet escondidos esperando a que alguien lea sus versos mientras le roban wifi a sus vecinos, porque hay que ser un poco criminal para escribir. O simplemente están fingiendo que se leen entre ellos mismos pero odiándose en secreto, porque así es el amor y así son los enamorados, odian y aman en cualquier momento sin previo aviso y sin previo aviso se vuelven escritores en nombre del amor.

Van solos con ellos mismos agarrados de la mano de sus fantasmas inexistentes porque no hay sitio para ellos en el mundo, por eso están en todas partes con sus corazones rotos, sus poemas y sus ganas de volver a amar intactas. Les gusta la vida y ser felices porque es mejor que estar muertos y tristes, les encanta estar enamorados porque no tienen remedio y porque no hay mejor manera de pasar el tiempo en este mundo despiadado. Están marcados por el destino, por la distancia y por el silencio que siempre les grita lo mucho que se extrañan, que se desean y que se aman. Los enamorados son resplandecientes y un poco idiotas, son la mejor razón para que existan las flores coloridas en primavera y las tiendas pletóricas de obsequios todo el año. Son el terror de los juzgados de familia y sólo quieren vivir en las noches interminables de vino, de poemas y de besos.

¿Qué si son conspiradores sin saberlo?, piensa tú lo que quieras. Yo sólo sé que estamos llenos de enamorados legales e ilegales cruzando las fronteras de la lógica y de la razón. Y que no quieren ni tienen pensado parar de follarse a la poesía, y qué bien y menos mal. La poesía es lo único que le queda al amor,  y el amor puede salvar al mundo en estos tiempos de odio racial, religioso, social, sexual, ideológico y hasta virtual. Así que hermanos míos en Cristo, Buda, Alá, Krisna, Zeus, Pokémon go, Jared leto o en quien quieran: Escribamos poesía, y seamos superhéroes. Ese es el nuevo orden, la nueva conspiración.

Chica vicio

He bebido vino de su ombligo
y la he hecho mi manjar
me he embriagado de su alma
en la más pagana de las noches.
Me ha ofrecido su amor hecho polvo
sobre espejos de lujuria hecha lineas,
magia negra y poesía
perversamente adictiva chica vicio para mí.

He visto su piel ardiendo de deseo
apoderarse de mis noches
la he apagado con la lengua
mientras canciones mágicas sonaban.
Me ha vuelto ludópata de sus juegos sexuales
le he apostado a su lujuria y he perdido la razón.

Tiene vicio en los labios y poesía en sus ojos
me hace el amor a cambio de versos
luego prende un cigarro y nos echamos a reír.
Me he fumado su sonrisa
y he lanzado aros de humo a su infierno
ceniceros llenos de alegría
y el oxigeno del mundo muriéndose feliz.

Su amor es esa rosa roja
que te pincha el alma con delicia
pero qué vas entender tú de mis adicciones,
qué vas a entender tú de lo que hablo.
Tú… que nunca te has inyectado, su amor
entre las venas.

Una y nos vamos

Once de la noche. Calle 85 de camino hacia los bares. Le compro un cigarro a la anciana de la venta ambulante y lo enciendo. Ya no soy de esos que compran la muerte por cajetillas, ahora me mato más pausada y mentolada-mente. Hay que hacerse esperar, dicen, y más cuando sabes que te esperan en el infierno.

Un joven alto. Moreno. Con barba bien poblada, de esas que consiguen seguidoras en los avatar de Twitter. Ojos claros, enmarcados por unas gafas oscuras que ocultan su mirada. Sentado con su guitarra y cantando canciones de Sabina. Voz ronca. Camisa leñadora y jeans rotos.  Su cara es agradable pero su semblante triste. Sólo le pide al mundo que lo escuche y unas cuantas monedas para ir por más cervezas. Tiene veintiún años. Su alma le pesa cuarenta y dos gramos y es alcohólico desde los quince. El hijo que todo padre no querría tener. Un séquito de tres bellas muchachas le espera a que termine su concierto callejero, tal vez alguna corra con suerte y pase la noche con él. Su única inspiración es llenarse las venas de alcohol y pasar un buen rato. Me ve fumando y se acerca a pedirme fuego. —¿Te gusta Sabina? –pregunta– con el cigarro en la boca y frotándose las manos por el frió. Es la razón por la que me detuve –contesté–. Sin pensarlo dos veces sacó unos billetes de los que la gente le deja al escucharlo, le pide el favor a Paula que vaya a la licorería del frente y traiga cervezas para ellas y nosotros. La próxima la invitas tú,  me dice sonriendo. Asiento con la cabeza y le prendo el cigarro. Mira –me dice–, mi padre se metía crack todos los días cuando yo era niño, mi hermano mayor murió de cirrosis, mi madre es una suicida que vive en una clínica de reposo, y Valeria, el amor de mi vida, murió hace dos años con nuestro hijo de tres meses en su vientre, a causa de un edema cerebral.
—¿Y tú, qué puedes contarme de tu vida?
—Qué te puedo decir. Escribo versos y poemas. A veces.
—Tú sí estás bien jodido… –respondió–
Nos miramos a los ojos por unos instantes y no pudimos contener la carcajada.
Este tipo era un auténtico poeta y nunca había escrito ni un puto verso en su vida. Pero esta noche, sólo él y yo, lo sabíamos.

Camila O’Donnell, la mujer con la que iba a verme me encuentra hablando con él. Me abraza, me besa y sonríe. Ella es así. Poesía pura todo el tiempo.  —Es tarde Amor mío, vamos a ser felices –me dice– ese es su lema. Con ella siempre hay risas, hay amor, hay besos y vicios, y hay un poco de inmortalidad. Termino el poco de cerveza que me queda de un sorbo, saco unos billetes y le pido el favor a Paula que compre la otra ronda de cervezas, más un smirnoff para Camila. El joven toma nuevamente su guitarra y empieza a cantar ahora Tabaco y Chanel.
—Una y nos vamos –le digo a Camila– colocando un mechón de cabello que cae en su rostro, detrás de su oreja. Está más bella que nunca. Ella sonríe y me vuelve a besar. La noche, empieza…

La profecía

Se paró frente al espejo. Observó sus cejas, sus parpados, sus pestañas. Luego dentro de sus pupilas dilatadas; empezó a ver las imágenes de lo sucedido:

El agua de una ligera llovizna regresa hacia las nubes.

El viento se devuelve y deshace un pequeño remolino. Es viernes por la tarde y se está haciendo medio día.

Una bandada de palomas vuelan hacia atrás.

Su alma desde el aire regresa y se zambulle nuevamente en su cuerpo que yace tendido en medio de la avenida.

El fiscal forense Antonio Olivares descubre la sábana del rostro, pasa sus dedos indice y corazón sobre los párpados del hermoso cadáver y sus ojos verdes quedan abiertos.

El flash de la luz blanca empieza a deshacerse y recobra parcialmente su visión. Agoniza. Le es casi imposible respirar.

La multitud de personas caminan de espaldas dejando de rodear el cuerpo y regresan a los andenes.

Un hilillo de sangre por su mejilla que llegaba a su oreja, regresa a su boca.

El charco de sangre al rededor de la cabeza de Michelle, se absorbe y regresa a una herida en el cráneo que se cierra lentamente.

El grito desgarrador de la mujer que vio venir el accidente se devuelve a su boca, a su garganta, a sus pulmones y a sus entrañas.

Los autos de la avenida corren hacia atrás.

Su cuerpo tendido en el piso se eleva a tres metros, da una voltereta en el aire y queda de pie.

Las lágrimas vuelven a entrar en sus ojos.

El bomper del Chevrolet Impala plateado conducido por el hombre de lentes Ray Ban negros se devuelve del impacto contra el fémur de Michelle.

El chillido y el humo de las llantas al frenar se desvanecen mientras el Impala retrocede a 90 Km/h por la avenida.

Michelle corre hacia atrás…

El hombre de lentes Ray Ban negros cambia la canción del radio de su Impala. Busca “Crazy” de Gnarls Barkley.

Michelle observa dentro de un supermercado a una mujer rubia de tacones negros que saca una botella de vino de su carrito, la regresa al estante y camina hacia atrás por el pasillo bamboleando sus caderas. Un hombre se deleita con el espectáculo.

Una bola de helado de vainilla derritiéndose desde el suelo regresa al cono de una niña de tres años en su coche, que es carreteado hacia atrás por su padre.

Una pareja deja de besarse en medio de la calle, se desabrazan, se desencuentran y regresan de espaldas cada uno a la esquina opuesta de la calle.

Una morena semidesnuda desde un tercer piso observa pasar corriendo a Michelle, cierra las cortinas de la ventana y los rayos de luz que habían entrado a la habitación se devuelven al sol, da seis pasos descalza hacia atrás a la cama donde un hombre desnudo duerme.

Michelle corre desesperada hacia atrás llorando y se sienta en la mesa de la cafetería con Gabriel.

—Perdóname Michelle, quiero terminar contigo. No podemos casarnos. Jazmín está embarazada. Perdóname por favor. El bebé que espera es mío.

Se para de la mesa, camina hacia atrás. Desde la puerta de la cafetería ve a Gabriel algo nervioso mezclando su café con una cucharilla. Ella sonríe al verlo.

Michelle se maquilló y se puso más hermosa que nunca para que Gabriel la viera preciosa. Luce con orgullo su precioso anillo de compromiso de oro blanco y un pequeño diamante en forma de corazón. Internamente lleva grabadas las letras ¨M y G¨.

Mami: Hola hija, ya voy para tu departamento. Por favor espérame. Quiero hablar contigo. Tengo una corazonada. Voy para allá. [12:36 p.m.] √

Michelle: Hola hermosa, en la nevera hay queso y jamón por si quieres prepararte un sándwich cuando llegues, también hay refresco. O si lo prefieres hay lasaña en el horno. Llego en la noche. Estoy tan feliz mamá. Tengo una cita con el amor. [12:31 p.m.] √ √

Desaparecen de la pantalla letra por letra desde el final,  las palabras del mensaje de texto que escribe para su madre desde su móvil.

Michelle se para frente al espejo…

Al diablo

[Escrito en un bar lleno de humo y vodka, un océano y 7 horas de distancia, con @GraceKlimt]

Al diablo con todo.
Al diablo con los te quieros enlatados, con los abrazos que se convierten en abrigo desconocido, con los ojos desviando la mirada, con las bocas que ya no se reconocen. Al diablo con los paseos agarrados de la mano, con mi voz estrellándose contra un muro, con intentar ser quien no sé, con caminar de puntillas para no despertar a los poetas. Al diablo con los monstruos, los fantasmas, el miedo, los trenes que nunca cojo, los abismos que nunca salto, las piedras que nunca esquivo. Al diablo con la angustia en la tripa, las mariposas que se han vuelto larvas aburridas de esperar, los celos alojados en mi cabeza, mi alma desbordada.

Hola, te escribo esta carta
porque no he tenido el valor
de llamarte. No te preocupes.
Ya sé que estás confundida, y yo,
bueno. Yo sólo sé que cuando
tú sonríes el invierno se espanta
y llenas de verano toda mi vida.
Te he escrito versos que no he
escrito y he escuchado tu voz
en mi mente, sin necesidad de marcar
tu número de teléfono. He visto a las
margaritas deshojarse solas,
y tirar todos sus “sí” por el camino
que tú pisas, para que no dudes
–ni un segundo más–, en regresar.

Al diablo con todo.
Al diablo con estremecerme si me nombras, con aguantar la respiración al oír tu voz, con sentirme chiquitita cada día. Al diablo con mi corazón acorazado, con la piel a cero grados, con los silencios que gritan y convierten centímetros en distancias insalvables. Al diablo con vivir en una guerra, con no descansar ni ser nunca trinchera, con buscarte armada hasta los dientes por si acaso. Al diablo con el cielo sin infierno, con ser ángel de alas rotas, con bailar con tus demonios, con las jaulas de barrotes hechos de oro. Al diablo con el frío en primavera, con las tormentas rompiendo en mi interior, con el fuerte oleaje de tus ojos y tus manos.

Ahora que no estás, se me ha hecho vicio
ver tus fotografías y engañarme pensando
que verlas, es otra forma de tenerte.
Desde que partiste
tengo el alma sedienta y esta cama…
Esta cama sin ti sólo es un colchón
donde torturo todas las noches mis sueños
que siempre están aunque esté despierto
en medio de madrugadas que nunca llegan,
y no hay ni uno sólo, créeme,
que no lo protagonices tú.
Tengo miedo de llamarte y escuchar de tu voz
que mandas todo al diablo, y que de pronto
y por accidente se dispare de tus labios
esa bala que ha matado en vida
a tantos amantes: el adiós.

Al diablo con todo.
Al diablo con mis sentidos que me engañan, y al amanecer me parece verte sonriendo en el lado vacío de esta cama. Al diablo la rabia que se aloja en mis entrañas, el escalofrío recorriendo mi espina dorsal cuando irrumpes sin permiso en mis recuerdos. Al diablo las ganas, la necesidad, el deseo, mi corazón traidor que vuelve a latir si te pienso. Al diablo los libros que leímos, las canciones que bailamos, el tiempo detenido en el instante en que huí quién sabe dónde. Al diablo los por qués, los motivos, las razones, las certezas. Al diablo las preguntas, las dudas, las respuestas. Al diablo la constelación de estrellas de tu espalda, mis dedos sustituyéndote, lo mucho que me faltas.

He dejado mi alma
enredada entre tus sábanas
y mis labios me han preguntado
hoy por tu piel. Mis letras
me dijeron que tu vida y tu mirada
son lo más hermoso que han besado
en toda mi existencia, y este corazón
no hace más que repetirme en cada latido
que estás más hermosa que ayer,
y que nunca, y que siempre,
y que no le importa que lo hayas destrozado.
Las yemas de mis dedos están
hambrientas y desesperadas por deslizarse
por todo tu cuerpo y mis brazos…
Mis brazos tiemblan esperando
el momento de abrirse, por si decides volver.

Al diablo:  Contigo.

Postdata:  Te amo.

 

Ábrete sésamo

Nunca sé cómo empezar a escribir. Puede ser un karma, en serio. Eso de querer expresar una idea y no encontrar las palabras. Darle vueltas a las letras hasta que logren transmitir lo que tú quieres y en la forma que quieres. Me pasa mucho. Hay días de días, es cierto. A veces, las letras fluyen naturalmente, pero la mayoría de las veces –en mi caso– no es así. Y no es que no lo haga seguido o que no me guste hacerlo, de hecho me encanta y lo disfruto mucho. Escribo algo a diario como ejercicio pero al final del día borro más de lo que escribí. Eso no es lo grave del asunto, hay algo peor: Lo que no escribes pero está en tu alma, no se puede borrar.

Llega un punto en el que nada te gusta y piensas que ya escribiste todo lo que tenías, o que lo que estás pensando ya otro lo escribió. Una guerra constante casi siempre perdida por salirte de los tópicos tradicionales. Por explorar algo nuevo. He empleado varias técnicas, mi favorita es observar el mundo porque es cierto, la poesía está en todas partes: Una ligera lluvia haciendo escándalo en un tejado. Una pareja mirándose a los ojos y sonriendo mientras beben un café. Una piedra lanzada a un lago que provoca una serie de círculos concéntricos. Una madre con lágrimas en el corazón, entregando a su hijo de cinco años en la ruta del colegio y parte de su alma con él. El hombre que va de pie en un autobús repleto de gente camino a su trabajo, que mira con odio a ese tipo que aparece en el reflejo de la ventana, que se viste y se peina  –todos los días– igual que él. Un bar oscuro impregnado de humo y vodka, mujeres hermosas, y la oportunidad para escaparse del mundo y creerse inmortal. Unos amantes que despiertan juntos y se miran a los ojos después de una noche de vino, sexo y poesía, porque lo de “hacer el amor” es lo que sucede exactamente después de follar toda la noche como animales. La magia de una mirada que fue capturada en una fotografía. O simplemente, un disparo en la sien.

No recuerdo cuándo fue la última vez que quedé contento con algo que escribí. Escribir me hace feliz, pero también puede llegar a ser algo terrible. Ahora, que lo haga bien o mal ante los eruditos literarios de las redes sociales tampoco es que me trasnoche mucho. La lucha es más contra mí, sabiendo de antemano que las letras pertenecen al viento. Escribo, porque es un vicio, como el que tiene mi boca cuando la veo desnuda, o el de mis manos cuando no se quieren perder ni un centímetro de su piel.

En fin, no sé realmente cómo empezar a escribir ni mucho menos cómo terminar. A no ser –óyeme bien–, que de repente surja una copa de vino o de cualquier de licor, o que simplemente te llenes los pulmones de humo y la cabeza de café. Entonces aparece ella en tu mente. Piensas lo que han vivido juntos y lo que significa para ti. Ya estás listo para vencer el infierno. Te sientes el hombre más afortunado del mundo por haberla conocido y tenerla para ti. Y como quien encuentra un tesoro. Como quien sabe que la inspiración está detrás de esa puerta que aparece cuando estás frente al papel. Te imaginas sus ojos y te ves reflejado en ellos. La magia sucede, la inspiración aparece. Tu alma, pronuncia su nombre en silencio… y ya está: Ábrete sésamo.

Arde

Nadie ha conocido infierno
más frío que tu ausencia.
Ahora que volviste
Amor mío, voy a hacerte
el amor en todas partes,
en todos los rincones, en todas
las dimensiones espaciales,
temporales y espectrales que existan.
Voy a incendiarte el alma
con el fuego de mi lengua
para que tumbados en la cama
veamos cómo arde flamante
y luminosa por tu sexo, la poesía.

El tiempo pasa rápido
muy rápido Amada mía,
cómo no quemarnos juntos,
cómo no poner a arder nuestro reino,
nuestra cama y nuestra vida.
Tenemos a la poesía como testigo
del incendiario amor que hemos vivido,
de qué nos sirve entonces alejarnos
si inevitablemente volveremos.

Ardamos juntos Amor mío te lo pido
que no hay desierto, sol, horno, volcán,
verano, o infierno alguno que se nos resista.
Haremos de la piromanía un arte,
de arder entre las sábanas nuestro oficio
y de querernos nuestra profesión.
Y cuando necesitemos hidratarnos
lameremos el sudor de nuestros ardientes cuerpos,
como hacen los náufragos moribundos
cuando beben agua del mar para salvarse.

Vamos a incendiarnos la vida, las noches,
el amor, los días y la poesía.
Y si un día sentimos que nos aburrimos
pues apagamos todo vida mía

                                     rociándolo con gasolina.