Más que besos

Camila O’Donnell aterrizó un viernes en mi vida, en el vuelo de las 3:30 p.m. procedente de Asunción, capital de Paraguay. Ella tiene los ojos color verde turquesa como el agua de la playa aunque Paraguay no tiene mar. Llegó con dos maletas grandísimas, una llena de historias y sonrisas, y la otra llena de besos que trajo para mí, y que no dudó en entregarme desde el instante mismo de esa tarde de marzo, cuando la conocí.

Camila O’Donnell me contó que su padre era un contratista norteamericano, amante de las letras de Bukowski, Raymond Carver y Ernest Hemingway, y que por cosas de trabajo viajó a Asunción, aprendió perfecto el idioma y encontró el amor de su vida, en la mesa de un café; una preciosa morena de ojos verdes, que leía a Julio Cortázar, Pablo Neruda y García Márquez, y que ella, mientras sonreía, decía que su alma sólo amaba, si los besos y la poesía venían en español. ¿Cómo no enamorarse de Camila O’Donnell? Con ese viaje que hizo para verme, con esos ojos, con esas historias, con esas sonrisas, con esos besos, y con toda esa poesía en las venas, que de sus padres heredó.

Nos besamos en el aeropuerto cuando nos vimos la primera vez, nos besamos de camino al estacionamiento y al pagar el ticket, nos besamos en el auto, nos besamos al bajar las maletas, nos besamos en la puerta de la casa y cien veces más en la habitación, nos besamos leyendo poemas y nos besamos al abrir la botella de vino Cabernet Sauvignon. Y tan bien nos besamos —claro— antes, durante y después, de hacernos el amor.

Camila O’Donnell habla español, inglés y poesía, y pronto hablará francés, porque su destino final era París, y aprovechó para hacer escala en mi alma, traer muchos besos, historias y sonrisas en dos maletas grandísimas que trajo para mí. Camila O’Donnell ni se imagina que, más que besos, trajo poesía a mi alma, y alegría a mi vivir.

La verdad es que Camila O’Donnell no se llama Camila O’Donnell, ni el vuelo del que aterrizó venía de Paraguay, tampoco tiene los ojos color verde turquesa como el agua de la playa, ni sus padres se conocieron en un café de Asunción.

Pero juro que es cierto lo de los besos, lo de las historias y las sonrisas, lo de las venas llenas de poesía, y también que Paraguay… no tiene mar.

A quien corresponda

Debo confesar que no paro de pensarla, no puedo ni quiero sacarla de mi mente, tal vez es mi alma deseando a la suya, a su cuerpo, a su rostro y a su boca. Fantaseo con usted y en cómo será estar a su lado, besarla, sentirla entre mis brazos y sentir su corazón latiendo pegado al mío.

Qué se sentirá ver el amor en sus ojos, reírnos de él un rato y luego hacerlo, cómo será sentirla mientras devora mis ganas, sentir sus movimientos, su saliva en mi boca y su cabello en mis dedos, cómo será aferrarme a sus caderas y a su cintura mientras la noche pasa y nosotros nos quedamos.

Me excita pensarla y la quiero en mi cama, no sin antes imaginar a qué saben sus besos, a qué sabe su piel y a qué sabe su sexo.

Esta noche dormiré a su lado y usted, desnuda en mi alma.

Mujer carnada de poeta

Parecía que el vodka quería embriagarse de ella
parecía que los cigarros querían calar su alma
parecía que los besos se morían por sus labios
parecía que mis demonios querían poseerla
parecía que los vicios eran adictos de su vida
parecía que la lujuria se excitaba con mirarla
parecía que la poesía se inspiraba en su vida
parecía que era ella

mujer carnada de poeta.

Entonces tú

Y cuando creía
que el amor era efímero
como un regalo de los vicios
te apareces tú
con tu sonrisa de eternidad.

Es muy posible
que si todas las balas
tuvieran tu voz
todos querríamos
un disparo ¨de esos¨ al oído.

Enredar quiero
mi amanecer con tus ganas
y que nos atrape la mañana
desnudos de amor.

Entiendo ahora
que es necesario rompernos
para armarnos, para encontrarnos,
para entender la razón del destino
y para amarnos, mejor.

Quiero tu voz y tu sonrisa
para bálsamo de mi alma
tu cuerpo y tu sexo
para vicio en mis noches.

Entonces tú
dueña de mis ganas y mis versos
yo de tu risa y tus besos,
entonces “nosotros”
convirtiendo el pronombre
en vicio.