Más allá de las estrellas

¿En qué diablos pensaba Dios cuando creó las estrellas? Los que lo vieron por esos días cuentan que andaba inspirado, le brillaban los ojos mientras tomaba vino moscatel, estaba de buen humor, así que decidió esperar hasta el cuarto día para crearlas —vendría siendo un jueves—, que casualidad, generalmente los jueves yo los uso para subirme al tejado con una cerveza Corona, cigarros Marlboro, Led Zeppelin de fondo y empezar a contarlas, mientras recuerdo cuando contaba sus lunares, a besos, de este a oeste, en el firmamento de sus hombros.
La conocí en un callejón oscuro de esta ciudad, en la que nunca hay verano pero siempre es infierno, a donde suelen salir a volar las almas desamparadas que no tienen alas, uno de esos callejones a los que una vez que entras sólo puedes salir con el amor de tu vida o con una puñalada. Era muy fácil seducirla y dejarme seducir; licor, sonrisas, un gramo, lujuria, motel de carretera, sabanas revueltas, el cóctel perfecto, a lo que muchos llaman poesía. Desnuda era una obra de arte llena de tatuajes en el cuerpo y en el alma, —Ojalá estés bien despierto, porque de este sueño no saldrás!— me dijo, quitando el vaso de vodka de mi mano, montando su desnudez sobre mí hombría, sonriendo, y susurrando a mi oído: —Ahora tu vicio, soy yo…— y bien saben mis demonios que ella no miente, la habitación oscura impregnada de humo y vodka fue el infierno en el que conocí su cielo, parecía un sueño pero estaba despierto, o al menos eso creo. ¿Y quién dijo que dos desconocidos no pueden hacer el amor a primera vista? pensaba yo lleno de lujuria, mientras ella me follaba con ganas, pero vacía de amor.
Lo que siguió después fue el cigarro de verla vestir antes de abandonar la habitación, dejando los ¨te quiero para mí¨ de esa noche, tirados por el zaguán del motel, y una nota en el espejo escrita con labial carmesí que decía: ¨Tú no existes, a ti te inventé yo…¨ —en eso tenía razón— y firmada con la huella de un beso.

Ella no cuenta las estrellas en el cielo, me dijo que eso es para las musas, que ella es viciosa y de carne y hueso, que prefiere llevar la cuenta de las estrellas de los moteles a los que la invitan a pecar, y seguro ha contado más de las que hay en el firmamento.
Su sonrisa era el cielo y su mirada infierno, parecía que le habían arrancado el corazón del pecho, y en cambio, le habían dejado un hueco, en el que ahora guarda cigarros.

El próximo jueves voy a tomarme una botella de moscatel yo solo y de paso la justicia por mis manos, tumbaré de una patada las puertas del cielo y le diré a Bob Dylan que entre —creepy previo— que deje ya de estar golpeando la puta puerta, voy a ir más allá de las estrellas a buscarla, y a averiguar en cuál de los putos siete días, decidió Dios, que ella, sólo fuera poesía.

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