Castillos de arena

A veces somos la arena, a veces somos la huella, pero la vida siempre será la tormenta…

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La arena y la tormenta

Mariana tenía tres años cuando vio con sus ojos el mar por primera vez. Aunque ya lo conocía porque durante el embarazo su madre leyó tres veces “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway. A los nueve ya era una experta en construir los castillos de arena ¨más hermosos del mundo¨ según su papá. Sentía gran emoción al terminarlos y con orgullo mostrarlos a todo el que pasaba en la playa por casualidad. Luego de la alegría saltaba a la tristeza, y lloraba al ver como la lluvia y las olas arrasaban con él. Su padre que la observaba siempre, le acariciaba el cabello y con cariño le explicaba que así era la vida también.

Mariana odiaba las tormentas y no sólo porque le dañaban sus castillos, también porque a sus quince años en una noche de lluvia y entre la luz de los relámpagos su padre murió. Ahora debía enfrentar la vida sola y aprender por sus medios de qué se trata este mundo, con una madre que estaba y no estaba, porque la partida de su esposo también la devastó.

Estudios, profesores, amistades, fiestas, vicios de la época, amores que iban y venían, y familiares cercanos, veían a Mariana transformarse de niña inocente a una hermosa mujer. Y un poeta, que sabía lo de la puñalada en el alma, que le había dado la vida, de sus ojos se enamoró…

***

Un poema para Mariana

Hermosa niña de ojos miel
mirada misteriosa
enamoraste a un loco
con ínfulas de poeta
y no lo sabias
y no lo pediste.

Hermosa niña de ojos miel
¿por qué lloras hoy?
¿por qué reirás mañana?
¿quieres salir a jugar?

Tu alma tiene heridas
ya no eres niña
hace tiempo eres mujer
la más sensual mujer.

Hermosa niña de ojos miel
ni los versos de cien poetas
pueden describir
la magia de tus ojos.

Y ahora… ¿te quieres esconder?
mujer fatal en tacones
viciosa tentación
1,2,3 por Mariana
que está en tu mirada
hermosa niña de ojos miel.

La magia está en tu mirada
tu cuerpo es de Diosa
tu alma de mujer
tus ojos de Mariana.

***

En los sueños, vivos y muertos sí pueden hablar

Miró hacia la mesita de noche, todo estaba muy borroso y su memoria muy lenta, pero alcanzó a ver el tarro de Prozac completamente vacío.
—¿Qué hiciste Mariana? le preguntó su padre frunciendo las cejas. La miró por un instante y luego terminó de guardar en una botella, el pedazo de papel donde previamente algo escribió.
—No sé papá. Pero me siento feliz de volver a verte y poder hablar nuevamente contigo. Cuéntame ¿Cómo estás?
—La pregunta, Mariana, es, ¿cómo estás tú?, mírate, la lluvia ha derrumbando tu castillo.

Mariana vio a su padre levantarse y alejarse hasta la orilla del mar, donde tiró la botella lo más lejos que pudo. Luego su imagen, se desvaneció.

A lo lejos se oían gritos de: —!Mariana despierta! —Pero no alcanzaba a identificar de quién era esa voz, tal vez era su madre o quién sabe quién diablos diciendo: —Mira!, hemos encontrado una nota, algo que escribió tu padre, y habla de ti:

Mariana…

Sólo falta verla a los ojos
para descubrir a la niña
que juega haciendo castillos
con la arena de mi reloj.

Mariana no quiso despertar.