En pie de guerra

1. HAZME EL AMOR, Y LA GUERRA

Son las tres de la mañana. Me dirijo a la nevera por un vaso de agua helada. Estoy medio dormido. Me pongo los audífonos que están conectados al celular y pongo la primer lista de reproducción que aparece. Suena Lou Reed, invitando a caminar por el lado salvaje de la vida, narrando historias sobre una serie de encuentros sexuales que involucra drogas, prostitutas y transexuales (Walk on the Wild Side). No recuerdo cuando fue la primera vez que escuché a Lou Reed, pero sí recuerdo que esa canción sonaba “ese día”, mientras preparábamos la exposición sobre el libro ¨El arte de la guerra¨ de Sun Tzu, en la casa de un amigo del bachillerato. Tendríamos 16 años. No puedo recordar qué otros amigos estaban ni sus nombres. Es lo que pasa a las tres de la mañana cuando estás tomando agua medio dormido. El caso es que mientras sonaba esta canción, la hermana de mi amigo, que era tres o cuatro años mayor que nosotros; tarareaba el ¨duu,du,du,..du, du,du¨ mientras nos servía refrescos y tortillas. Era una de esas jóvenes que fueron madres adolescentes y tenía más sexo en su mirada que el que puedes encontrar en una película porno. Seguía tarareando la canción mientras lucía su pronunciado escote y me miraba sonriendo, bajando de reojo la mirada por mi adolescente entrepierna. Mis amigos insistieron en salir al parque a fumar un rato. Yo me quedé, argumentando querer terminar mi parte rápido para irme temprano para mi casa. Nos quedamos solos. Ella y yo. —Te diría que me hicieras el amor pero no tardan en volver tus compañeros –me dijo–, mientras empezó a acariciar suavemente por encima de la bragueta. Recuerdo que me quedé mirándola. No había necesidad de cruzar más palabras. Tan solo sonreímos. Se quitó la blusa dejando sus voluptuosos senos al aire y clavando su mirada de lujuria en mis pupilas. La felación fue inevitable, y portentosa.

Ahora, que hace poco más de un lustro que pasé por los treinta y que se me quita el sueño a las tres de la mañana. Estoy casi seguro de que Lou Reed, nunca tuvo ni puta idea, del arte de la guerra.

2. EN PIE DE GUERRA

En el amor y en la guerra todo se vale dicen los refranes. Es algo injusto pero cierto, porque la guerra es muy sucia y para vencer hay que engañar, calumniar, herir, destrozar, traicionar, utilizar toda clase artimañas y vilezas para lograr los objetivos. Finalmente, vencidos y vencedores quedan destrozados de alguna u otra manera. Pero también, si lo vemos, hay algo de poesía en ello, y es mejor estar avisados.

Era 1.704 y siendo un niño de 15 años, su pierna izquierda fue destrozada por una bala de cañón la cual tuvo que ser amputada por debajo de la rodilla. Tres años después en la batalla por la defensa de Toulon, un impacto de cañón que iba con destino a su cabeza se estrelló en un muro a pocos metros de él, con la fortuna de que la mala puntería de quien disparo no impactó su cráneo, pero la desdicha que una esquirla de ese proyectil le reventó su ojo izquierdo por completo. Tenia 18 años. Sus 25 años los celebró en los combates de Barcelona, cuando recibió un balazo de mosquete en el antebrazo derecho, el cual se infectó y también debió ser amputado. Su nombre era Blas de Lezo y le apodaban el ¨medio hombre¨.

En 1.737, la flota inglesa más grande de todos los siglos para ese entonces, contaba con 186 navíos, 23.600 hombres y 3.000 piezas de artillería al mando de Sir Andrew Vernon. No tenían rival en esta tierra, ni ejercito, ni flota  alguna que pudiera hacer frente a un ataque de semejante tromba militar. Mientras tanto en Cartagena de Indias con tan sólo 6 barcos, 3.000 hombres, 600 indios flecheros y un ¨medio hombre¨ cojo, manco y tuerto comandando la defensa, se preparaban para defenderse de los ingleses y conseguir la inmortalidad. Blas de Lezo mandó excavar fosos en torno al castillo de San Felipe para que las escalas inglesas se quedasen cortas al intentar tomarlo. Ordenó cavar una trinchera en zig zag y así evitaría que los cañones ingleses se acercasen demasiado para posteriormente poder enviarles a la temida y sangrienta infantería española armados de machetes, fusiles, bayonetas, palos, piedras, dientes y uñas, en cuanto reculasen. Envió dos de sus hombres de confianza para que fingieran ser desertores y condujeran a la tropa enemiga hasta un flanco de la muralla, donde serían masacrados y descuartizados sin piedad. Los soldados británicos fueron cayendo en todas las trampas de Blas. El pánico se apoderó de ellos dejando por el piso la moral de la tropa y huyendo despavoridos. Vernon ordenó la retirada, con un ¨Dios te maldiga Lezo¨ en su boca. La deshonra fue tan grande que el propio Rey Jorge II prohibió hablar y que se escribiera sobre esa batalla y lo que allí sucedió.

(Estos no son cuentos ni inventos míos, está en los libros de historia.)

Sucede que en la guerra como en el amor –y es aquí donde está la poesía–; vamos dejando trozos y partes nuestras en cada batalla, a cambio de saborear –por un instante– un poco de gloria.

 3. DECLARACIÓN DE

GUERRA

No es hora de lamernos las heridas
–me dices–
afila tus besos
recarga tu lujuria
enfila tus tropas de caricias
atrinchérate en tus versos
abastéceme de vicios
abre fuego a los cigarros
déjate de glamour!
que de medalla te quedará
uno que otro beso tatuado,
es inevitable
no hay diálogos ni treguas
camúflame las ganas de saliva
que esta noche…
quiero guerra.

A.P.

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Un comentario en “En pie de guerra

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