La profecía

Se paró frente al espejo. Observó sus cejas, sus parpados, sus pestañas. Luego dentro de sus pupilas dilatadas; empezó a ver las imágenes de lo sucedido:

El agua de una ligera llovizna regresa hacia las nubes.

El viento se devuelve y deshace un pequeño remolino. Es viernes por la tarde y se está haciendo medio día.

Una bandada de palomas vuelan hacia atrás.

Su alma desde el aire regresa y se zambulle nuevamente en su cuerpo que yace tendido en medio de la avenida.

El fiscal forense Antonio Olivares descubre la sábana del rostro, pasa sus dedos indice y corazón sobre los párpados del hermoso cadáver y sus ojos verdes quedan abiertos.

El flash de la luz blanca empieza a deshacerse y recobra parcialmente su visión. Agoniza. Le es casi imposible respirar.

La multitud de personas caminan de espaldas dejando de rodear el cuerpo y regresan a los andenes.

Un hilillo de sangre por su mejilla que llegaba a su oreja, regresa a su boca.

El charco de sangre al rededor de la cabeza de Michelle, se absorbe y regresa a una herida en el cráneo que se cierra lentamente.

El grito desgarrador de la mujer que vio venir el accidente se devuelve a su boca, a su garganta, a sus pulmones y a sus entrañas.

Los autos de la avenida corren hacia atrás.

Su cuerpo tendido en el piso se eleva a tres metros, da una voltereta en el aire y queda de pie.

Las lágrimas vuelven a entrar en sus ojos.

El bomper del Chevrolet Impala plateado conducido por el hombre de lentes Ray Ban negros se devuelve del impacto contra el fémur de Michelle.

El chillido y el humo de las llantas al frenar se desvanecen mientras el Impala retrocede a 90 Km/h por la avenida.

Michelle corre hacia atrás…

El hombre de lentes Ray Ban negros cambia la canción del radio de su Impala. Busca “Crazy” de Gnarls Barkley.

Michelle observa dentro de un supermercado a una mujer rubia de tacones negros que saca una botella de vino de su carrito, la regresa al estante y camina hacia atrás por el pasillo bamboleando sus caderas. Un hombre se deleita con el espectáculo.

Una bola de helado de vainilla derritiéndose desde el suelo regresa al cono de una niña de tres años en su coche, que es carreteado hacia atrás por su padre.

Una pareja deja de besarse en medio de la calle, se desabrazan, se desencuentran y regresan de espaldas cada uno a la esquina opuesta de la calle.

Una morena semidesnuda desde un tercer piso observa pasar corriendo a Michelle, cierra las cortinas de la ventana y los rayos de luz que habían entrado a la habitación se devuelven al sol, da seis pasos descalza hacia atrás a la cama donde un hombre desnudo duerme.

Michelle corre desesperada hacia atrás llorando y se sienta en la mesa de la cafetería con Gabriel.

—Perdóname Michelle, quiero terminar contigo. No podemos casarnos. Jazmín está embarazada. Perdóname por favor. El bebé que espera es mío.

Se para de la mesa, camina hacia atrás. Desde la puerta de la cafetería ve a Gabriel algo nervioso mezclando su café con una cucharilla. Ella sonríe al verlo.

Michelle se maquilló y se puso más hermosa que nunca para que Gabriel la viera preciosa. Luce con orgullo su precioso anillo de compromiso de oro blanco y un pequeño diamante en forma de corazón. Internamente lleva grabadas las letras ¨M y G¨.

Mami: Hola hija, ya voy para tu departamento. Por favor espérame. Quiero hablar contigo. Tengo una corazonada. Voy para allá. [12:36 p.m.] √

Michelle: Hola hermosa, en la nevera hay queso y jamón por si quieres prepararte un sándwich cuando llegues, también hay refresco. O si lo prefieres hay lasaña en el horno. Llego en la noche. Estoy tan feliz mamá. Tengo una cita con el amor. [12:31 p.m.] √ √

Desaparecen de la pantalla letra por letra desde el final,  las palabras del mensaje de texto que escribe para su madre desde su móvil.

Michelle se para frente al espejo…

Al diablo

[Escrito en un bar lleno de humo y vodka, un océano y 7 horas de distancia, con @GraceKlimt]

Al diablo con todo.
Al diablo con los te quieros enlatados, con los abrazos que se convierten en abrigo desconocido, con los ojos desviando la mirada, con las bocas que ya no se reconocen. Al diablo con los paseos agarrados de la mano, con mi voz estrellándose contra un muro, con intentar ser quien no sé, con caminar de puntillas para no despertar a los poetas. Al diablo con los monstruos, los fantasmas, el miedo, los trenes que nunca cojo, los abismos que nunca salto, las piedras que nunca esquivo. Al diablo con la angustia en la tripa, las mariposas que se han vuelto larvas aburridas de esperar, los celos alojados en mi cabeza, mi alma desbordada.

Hola, te escribo esta carta
porque no he tenido el valor
de llamarte. No te preocupes.
Ya sé que estás confundida, y yo,
bueno. Yo sólo sé que cuando
tú sonríes el invierno se espanta
y llenas de verano toda mi vida.
Te he escrito versos que no he
escrito y he escuchado tu voz
en mi mente, sin necesidad de marcar
tu número de teléfono. He visto a las
margaritas deshojarse solas,
y tirar todos sus “sí” por el camino
que tú pisas, para que no dudes
–ni un segundo más–, en regresar.

Al diablo con todo.
Al diablo con estremecerme si me nombras, con aguantar la respiración al oír tu voz, con sentirme chiquitita cada día. Al diablo con mi corazón acorazado, con la piel a cero grados, con los silencios que gritan y convierten centímetros en distancias insalvables. Al diablo con vivir en una guerra, con no descansar ni ser nunca trinchera, con buscarte armada hasta los dientes por si acaso. Al diablo con el cielo sin infierno, con ser ángel de alas rotas, con bailar con tus demonios, con las jaulas de barrotes hechos de oro. Al diablo con el frío en primavera, con las tormentas rompiendo en mi interior, con el fuerte oleaje de tus ojos y tus manos.

Ahora que no estás, se me ha hecho vicio
ver tus fotografías y engañarme pensando
que verlas, es otra forma de tenerte.
Desde que partiste
tengo el alma sedienta y esta cama…
Esta cama sin ti sólo es un colchón
donde torturo todas las noches mis sueños
que siempre están aunque esté despierto
en medio de madrugadas que nunca llegan,
y no hay ni uno sólo, créeme,
que no lo protagonices tú.
Tengo miedo de llamarte y escuchar de tu voz
que mandas todo al diablo, y que de pronto
y por accidente se dispare de tus labios
esa bala que ha matado en vida
a tantos amantes: el adiós.

Al diablo con todo.
Al diablo con mis sentidos que me engañan, y al amanecer me parece verte sonriendo en el lado vacío de esta cama. Al diablo la rabia que se aloja en mis entrañas, el escalofrío recorriendo mi espina dorsal cuando irrumpes sin permiso en mis recuerdos. Al diablo las ganas, la necesidad, el deseo, mi corazón traidor que vuelve a latir si te pienso. Al diablo los libros que leímos, las canciones que bailamos, el tiempo detenido en el instante en que huí quién sabe dónde. Al diablo los por qués, los motivos, las razones, las certezas. Al diablo las preguntas, las dudas, las respuestas. Al diablo la constelación de estrellas de tu espalda, mis dedos sustituyéndote, lo mucho que me faltas.

He dejado mi alma
enredada entre tus sábanas
y mis labios me han preguntado
hoy por tu piel. Mis letras
me dijeron que tu vida y tu mirada
son lo más hermoso que han besado
en toda mi existencia, y este corazón
no hace más que repetirme en cada latido
que estás más hermosa que ayer,
y que nunca, y que siempre,
y que no le importa que lo hayas destrozado.
Las yemas de mis dedos están
hambrientas y desesperadas por deslizarse
por todo tu cuerpo y mis brazos…
Mis brazos tiemblan esperando
el momento de abrirse, por si decides volver.

Al diablo:  Contigo.

Postdata:  Te amo.