Una y nos vamos

Once de la noche. Calle 85 de camino hacia los bares. Le compro un cigarro a la anciana de la venta ambulante y lo enciendo. Ya no soy de esos que compran la muerte por cajetillas, ahora me mato más pausada y mentolada-mente. Hay que hacerse esperar, dicen, y más cuando sabes que te esperan en el infierno.

Un joven alto. Moreno. Con barba bien poblada, de esas que consiguen seguidoras en los avatar de Twitter. Ojos claros, enmarcados por unas gafas oscuras que ocultan su mirada. Sentado con su guitarra y cantando canciones de Sabina. Voz ronca. Camisa leñadora y jeans rotos.  Su cara es agradable pero su semblante triste. Sólo le pide al mundo que lo escuche y unas cuantas monedas para ir por más cervezas. Tiene veintiún años. Su alma le pesa cuarenta y dos gramos y es alcohólico desde los quince. El hijo que todo padre no querría tener. Un séquito de tres bellas muchachas le espera a que termine su concierto callejero, tal vez alguna corra con suerte y pase la noche con él. Su única inspiración es llenarse las venas de alcohol y pasar un buen rato. Me ve fumando y se acerca a pedirme fuego. —¿Te gusta Sabina? –pregunta– con el cigarro en la boca y frotándose las manos por el frió. Es la razón por la que me detuve –contesté–. Sin pensarlo dos veces sacó unos billetes de los que la gente le deja al escucharlo, le pide el favor a Paula que vaya a la licorería del frente y traiga cervezas para ellas y nosotros. La próxima la invitas tú,  me dice sonriendo. Asiento con la cabeza y le prendo el cigarro. Mira –me dice–, mi padre se metía crack todos los días cuando yo era niño, mi hermano mayor murió de cirrosis, mi madre es una suicida que vive en una clínica de reposo, y Valeria, el amor de mi vida, murió hace dos años con nuestro hijo de tres meses en su vientre, a causa de un edema cerebral.
—¿Y tú, qué puedes contarme de tu vida?
—Qué te puedo decir. Escribo versos y poemas. A veces.
—Tú sí estás bien jodido… –respondió–
Nos miramos a los ojos por unos instantes y no pudimos contener la carcajada.
Este tipo era un auténtico poeta y nunca había escrito ni un puto verso en su vida. Pero esta noche, sólo él y yo, lo sabíamos.

Camila O’Donnell, la mujer con la que iba a verme me encuentra hablando con él. Me abraza, me besa y sonríe. Ella es así. Poesía pura todo el tiempo.  —Es tarde Amor mío, vamos a ser felices –me dice– ese es su lema. Con ella siempre hay risas, hay amor, hay besos y vicios, y hay un poco de inmortalidad. Termino el poco de cerveza que me queda de un sorbo, saco unos billetes y le pido el favor a Paula que compre la otra ronda de cervezas, más un smirnoff para Camila. El joven toma nuevamente su guitarra y empieza a cantar ahora Tabaco y Chanel.
—Una y nos vamos –le digo a Camila– colocando un mechón de cabello que cae en su rostro, detrás de su oreja. Está más bella que nunca. Ella sonríe y me vuelve a besar. La noche, empieza…

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